El complicado equilibrio
Se suponía que las corporaciones iban a poder con todo, desplazando al Estado allí de donde quisieran. Y más o menos ocurrió de esa forma, pero entonces sucedió algo: no se ponían de acuerdo en quién mandaba. Así que recurrieron a unas reglas de juego y un arbitraje que de todas formas ya estaba allí antes: la Ley.
Por más que se esfuercen, las corporaciones no casan bien con la guerra. Son negocios, y lo que hacen bien es ganar dinero, reducir costes y eludir impuestos. No les importa que otros vayan a la guerra, pero meterse ellas mismas de lleno en una guerra les resulta contraproducente, porque la competencia te bombardea la cadena logística y los costes se disparan en una espiral alucinante que se carga todo el Q. Sale mal aunque ganes la guerra.
Por otro lado, cuando una corporación comienza a destacar demasiado, las demás se ponen de acuerdo para que la ventaja no sea excesiva.
La opinión pública
Pese al matonismo que exhiben y su carácter amenazador y el escenario de oligopolio con el que operan copando a la competencia, a las corporaciones les aterra tener una mala imagen. Es malo para la moral interna, es malo para los negocios. Les preocupa una sublevación civil.
La propaganda corporativa trata de desacreditar el viejo orden mundial, justificando su actuación como la única posible y menos mala. Se exaltan los valores de eficiencia, calidad de vida, seguridad, trabajo, orden y disciplina.
La ley y los tribunales de justicia
La inseguridad jurídica afecta a los mercados, los accionistas, las cadenas logísticas y al consumo. La confianza de los mercados y el fundamento del comercio radican en las antiguas leyes. Las corporaciones han descubierto por las malas que es más fácil hacer negocios siguiendo la ley, que tratar de abrir importantes crisis legislativas. Por esta razón, el mundo de los negocios prefiere subvertir los poderes legislativos y presionar para que la ley las favorezca.
Esta circunstancia, junto con el hecho de que el nuevo orden proviene del viejo, y que las corporaciones desconfíen de las revoluciones, ha provocado que los Estados y los tribunales sigan teniendo un poder de arbitraje imperfecto, cooptado, pero todavía con mecanismos suficientes que las corporaciones no se atreven a manipular abiertamente.
Los viejos Estados
Las corporaciones no llegan a todo. La tarea es ingente, y ocurre que hay un montón de cosas que no son rentables. Como por ejemplo, ocuparse de grandes extensiones de territorio improductivo y atender poblaciones prescindibles tampoco productivas. Alguien se tiene que hacer cargo, y es ahí cuando aparecen los Estados.
Por otro lado, las corporaciones siguen necesitando un mercado al que vender sus productos. Por sí mismas no tienen sentido. Algunos filósofos han denominado a esto el callejón sin salida del capitalismo. De nuevo, necesitan al Estado que recauda riqueza para contratar servicios a las corporaciones y su papel de árbitro.