El complicado equilibrio
Se suponía que las corporaciones iban a poder con todo, desplazando al Estado allí de donde quisieran. Y más o menos ocurrió de esa forma, pero entonces sucedió algo: no se ponían de acuerdo en quién mandaba. Así que recurrieron a unas reglas de juego y un arbitraje que de todas formas ya estaba allí antes: la Ley.
Por más que se esfuercen, las corporaciones no casan bien con la guerra. Son negocios, y lo que hacen bien es ganar dinero, reducir costes y eludir impuestos. No les importa que otros vayan a la guerra, pero meterse ellas mismas de lleno en una guerra les resulta contraproducente, porque la competencia te bombardea la cadena logística y los costes se disparan en una espiral alucinante que se carga todo el Q. Sale mal aunque ganes la guerra.
Por otro lado, cuando una corporación comienza a destacar demasiado, las demás se ponen de acuerdo para que la ventaja no sea excesiva.