Se suponía que las corporaciones iban a poder con todo, desplazando al Estado allí de donde quisieran. Y más o menos ocurrió de esa forma, pero entonces sucedió algo: no se ponían de acuerdo en quién mandaba. Así que recurrieron a unas reglas de juego y un arbitraje que de todas formas ya estaba allí antes: la Ley.

Por más que se esfuercen, las corporaciones no casan bien con la guerra. Son negocios, y lo que hacen bien es ganar dinero, reducir costes y eludir impuestos. No les importa que otros vayan a la guerra, pero meterse ellas mismas de lleno en una guerra les resulta contraproducente, porque la competencia te bombardea la cadena logística y los costes se disparan en una espiral alucinante que se carga todo el Q. Sale mal aunque ganes la guerra.

Por otro lado, cuando una corporación comienza a destacar demasiado, las demás se ponen de acuerdo para que la ventaja no sea excesiva.

La opinión pública

Pese al matonismo que exhiben y su carácter amenazador y el escenario de oligopolio con el que operan copando a la competencia, a las corporaciones les aterra tener una mala imagen. Es malo para la moral interna, es malo para los negocios. Les preocupa una sublevación civil.

Las corporaciones resuelven este temor actuando en tres ejes coordinados:

  • Imagen pública: campañas sobre eficiencia, calidad de vida, e insinuación de que la situación actual es la menos mala de entre las posibles. Exaltación de los valores del trabajo, orden y disciplina. Las corporaciones se erigen como las salvadoras del estilo de vida occidental al proporcionar trabajo y seguridad.
  • Desacreditar el viejo orden: de manera cínica se alude a la corrupción de la antigua democracia y su ineficiencia. Campañas de desprestigio contra los ayuntamientos y estados modernos. Alusiones al salvajismo de los nómadas y las tierras sin ley ni certidumbre.
  • Financiación y donaciones públicas: su manera de redistribuir la riqueza, al estilo del despotismo ilustrado.

Los viejos Estados

Las corporaciones no llegan a todo. La tarea es ingente, y ocurre que hay un montón de cosas que no son rentables. Como por ejemplo, ocuparse de grandes extensiones de territorio improductivo y atender poblaciones prescindibles tampoco productivas. Alguien se tiene que hacer cargo, y es ahí cuando aparecen los Estados.

Por otro lado, las corporaciones siguen necesitando un mercado al que vender sus productos. Por sí mismas no tienen sentido. Algunos filósofos han denominado a esto el callejón sin salida del capitalismo. De nuevo, necesitan al Estado que recauda riqueza para contratar servicios a las corporaciones.

Ayuntamientos

La mayoría de la población se concentra en un puñado de grandes ciudades próximas a la costa y los grandes ríos navegables, y el interior se desertifica. En estas circunstancias, el poder público con el que la mayoría de la gente tiene contacto es con su ayuntamiento.

Muchas ciudades fueron intervenidas por las corporaciones.


Las reglas

La fiscalía y los tribunales